2016

Todo me atravesó, todo me estremeció.

Mi amiga inspiradora en tierras de color y mujeres.

A la libertad se la busca.

Renunciar y soñar más.

Volver a sentir el placer del día.

Ana murió y una parte se desmoronó.

Comprendí que la distancia es peligrosa.

Crear con él.

Mi cuerpo ganó kilos.

Pero gocé más del baile.

Besé de mil maneras.

Supe amar/lxs/nos.

Continúan señalándome el peso, una y otra vez.

Pero a mi cuerpo lo amaron aún más.

Curar heridas.

Te dije adiós.

Mi abuelo murió, otra parte se desmoronó.

Duele el alma.

Mi útero sangró.

A la libertad se la busca.

Y

“Que te besen

una y mil veces”

 

vergel

Un cuerpo nunca es solo lo que se ve. 

 

Como mujeres inmersas en una sociedad que controla y somete los cuerpos a través de la violencia y el poder, el machismo y el odio, nos han enseñado a callar y a esconder, a maquillar y a disimular. Hemos anestesiado el dolor, enterrándolo en identidades ahogadas. 

 

Por muchos años me costó ver la violencia en mi historia, reconocer que mi cuerpo había sido utilizado según los gustos y las necesidades de otro. 

 

Luego de varios años, muchas mujeres hemos podido salir del silencio, encontrándonos unas a otras, reconociéndonos y denunciando. Comprendí entonces que al dolor había que mirarlo de frente. Las marcas están inscriptas en el cuerpo. Todo cuerpo es también social. 

 

La fotografía me permite mirarme, recorrerme y reconocerme, y retratar y conocer otros cuerpos que siguen latiendo. Estos cuerpos son revelados en telas como figuras borrosas que surgen y se inscriben en cada fibra del tejido, en un espacio de cobijo y entrelazamiento. Son cuerpos que despiertan con sus marcas y cicatrices, develando lo oculto. El textil, la cianotipia y el bordado relatan desde la intimidad. El lienzo es frágil y fuerte a su vez. La imagen fotográfica transformada en una imagen más cercana al dibujo permite adentrarse de forma más plástica y profunda en las heridas y sus formas. Cortar la tela, exponer al sol, enhebrar una aguja y coser, manchar con sangre e intervenir con otros elementos naturales, es volver a marcar el cuerpo para curarlo. 

 

Mi voz emergió. De mirar de frente al dolor, de hundir los ojos y manos en heridas profundas, de los decires inscritos en el cuerpo...mi voz brotó. Esto es una transformación imaginativa, un proceso de indagación, el camino hacia una reparación. Aquí derramo sangre. Son mis golpes. Amor, dolor, rabia, vergüenza. Experimentación de la memoria, la piel, la materialidad, los afectos y la textura, donde coemergen pasado y presente, afectos y efectos invocados y revividos. Tocar es siempre ser alcanzado, acariciar, elevar, conectar, envolver, reconocerse. Todo alimenta mi energía. Ira y superación. La sublimación de la guerra. 

ni una menos

Hay veces que ya no siento su presencia, pero el día menos pensado vuelve a mi cabeza para traer esa sensación de vacío junto a la debilidad y la inseguridad contra las que peleo diariamente. Lo recuerdo y renace el odio y el desprecio. Ni de estos sentimientos negativos me libero. Tal vez siguen siendo mi protección. Si pudiera le gritaría todo lo que en años no dije, lo mucho que me lastimó, lo anulada que estuve a su lado. Pero me quedo sin habla. Aún no sale esa voz. Es un grito sordo como si estuviera dentro de una pesadilla. Las razones, la cachetada en medio de una discusión duele, el sexo obligado de noche despertándome y provocando mi enojo y queriéndome hacer creer que en realidad eso me excitaba y accedía duele (aún me cuesta ver que eran violaciones), los dichos “no tenés talento” y “putita” duelen, la manipulación duele,la transformación física duele, la posesión duele; y culminando una noche, un insecto muerto tirado hacia mi cara y la risa de caricatura sigue resonando en mi cabeza.

 

No recuerdo cuándo es que caí. Había dejado muchas cosas de lado. No existía el tiempo en soledad. No había aire, no había posibilidad de llorar. El teatro lo abandoné. Mi carrera por suerte no la dejé, es a lo que más me aferré. Aunque no tuviera talento (para él), a la fotografía la abracé. Recuerdo los días y días y días en los que me repetía continuamente “quiero que se termine esto”, “quiero que esta relación se acabe”, una y otra vez. Entrar a su departamento por rutina pero repitiéndome esas mismas frases como un mantra. Mi psiquiatra y mi mamá estuvieron ahí. Sin ellos no sé si lo hubiese logrado. Hay muchos momentos que ya no recuerdo, inconscientemente tapados y negados, y que hoy intento traer, pero son tan fugaces. Intento poner en palabras situaciones pero no. ¿Realmente me quería? Lo veo y no lo veo, lo quiero y no lo quiero ver.El sexo era un sometimiento.

 

¡A cuántas de nosotras nos cuesta reconocer la violencia! ¿Cómo es que pensamos que somos fuertes y pensamos que podemos pasar “la tormenta”? ¿Por qué pensamos que es válido soportar la humillación? ¿Qué esperamos y pretendemos de una persona que violó cada aspecto de tu ser y de tu cuerpo? ¿Qué significa esta figura masculina? ¿Qué buscaba bajo la idea de “protección”? ¿Por qué nos acercamos tanto a nuestra muerte?

 

Me llevó muchos años y trabajo interno comprender lo importante que es estar bien sola, disfrutar sola, amar tu cuerpo, disfrutar de tus amigas, aburrirte y llorar un poco más. Vivir la sexualidad conmigo misma, más libre, y que antes era sinónimo de soledad.